miércoles, 19 de julio de 2017

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO


COMO LEVADURA



Reflexión inspirada en el Evangelio según san Mateo 13, 24-43

...se parece a la levadura


Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. No era fácil creerle. La gente esperaba algo más espectacular: ¿dónde están las «señales del cielo» de las que hablan los escritores apocalípticos? ¿Dónde se puede captar el poder de Dios imponiendo su reinado a los impíos?

Jesús tuvo que enseñarles a captar su presencia de otra manera. Todavía recordaba una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su «levadura» en el mundo.

Con el reino de Dios sucede como con la «levadura» que una mujer «esconde» en la masa de harina para que «todo» quede fermentado. Así es la forma de actuar de Dios. No viene a imponer desde fuera su poder como el emperador de Roma, sino a trasformar desde dentro la vida humana, de manera callada y oculta.

Así es Dios: no se impone, sino trasforma; no domina, sino atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.

Los seguidores de Jesús no podemos presentamos en esta sociedad como «desde fuera» tratando de imponemos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es ésa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio.

Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.


domingo, 16 de julio de 2017

16 DE JULIO: DÍA DE LA VIRGEN DEL CARMEN


LA VIRGEN DEL CARMEN 
Y LA CRUZ DE CHILE

En el santuario de Maipú surgió nuestro emblema misionero.

En nuestras manifestaciones públicas de fe y en nuestras sedes, las comunidades católicas de Magallanes solemos enarbolar un símbolo heráldico que está cerca de cumplir 50 años: la “Cruz de Chile”.

Es una cruz azul, cuyos brazos tienden a equilibrar en proporción la dimensión vertical y horizontal de la vida cristiana, en sugestivo mensaje pastoral. En la intersección de los maderos tiene una estrella blanca, alusiva a la Estrella Solitaria de la Bandera de Chile. Completa el diseño una cinta roja que cuelga de ambos brazos horizontales. El mensaje salta a la vista: una fusión entre la cruz cristiana y la bandera chilena... "Nuestra bandera hecha cruz", en palabras del P.  Joaquín Alliende L., inspirador del símbolo.


EL ORIGEN DE LA CRUZ DE CHILE

Presentada como símbolo de la Iglesia inculturada en Chile por el Equipo Pastoral de Maipú, el diseño se estrenó en el Sínodo de Santiago realizado en 1967 para la aplicación del Concilio Vaticano II. El primer ejemplar de esta cruz fue labrado con madera sureña por el obispo de Osorno, Fray Francisco Valdés S. La estrella de esta cruz original fue hecha con la plata fundida de una colección de monedas donadas por un minero iquiqueño para este fin, la cinta roja fue tejida a telar por artesanas de Doñihue.

Hernán Poblete V., en "Maipú: historia y templo", recuerda: "El 3 de septiembre de 1967, una multitud calculada en ochenta mil personas peregrina a Maipú, como acto final del Sínodo de Santiago. Nace, en esa oportunidad, la Cruz de Maipú: maderos azules, una estrella blanca al centro, una cinta roja colgando de los brazos. Cada grupo de iglesia, cada parroquia trae una…”

Las comunidades magallánicas labraron sus primeras cruces de Chile en 1968 para participar en los actos masivos organizados por la visita de la imagen histórica de la Virgen del Carmen y lo mismo ocurrió en cada diócesis del país, convirtiendo a la “Cruz de Maipú” en un nuevo símbolo que sustituyó las banderas blancas de la Acción Católica. En la obra citada, añade Hernán Poblete V.: “El 10 de noviembre de 1968, unas cien mil personas presididas por todos los obispos de Chile, culminaron en Maipú la campaña evangelizadora, durante la cual fue llevada por todo el país la histórica imagen de la Virgen del Carmen. En esa ocasión, los obispos bendijeron la “Cruz de Chile” que, desde entonces, presidirá todas las ceremonias en el Santuario Nacional".

Por la procedencia de sus materiales (madera sureña, monedas iquiqueñas y tejidos rancagüinos), se enfatiza que la Cruz de Chile fue fabricada con aportes que representan las tres grandes zonas de nuestra geografía: Norte, Centro y Sur.


LA CRUZ GIGANTE DE MAIPÚ

El entusiasmo católico generado por las actividades del Equipo Pastoral de Maipú con su mensaje de patriotismo solidario y catolicismo militante en tiempo de cambios sociales y culturales; con textos, cantos, oraciones y símbolos renovados de la devoción a la Virgen del Carmen, Madre de Chile y educadora de la fraternidad de los chilenos, permitió retomar con energía los trabajos pendientes para concluir el Templo Votivo de Maipú. Así, la Fundación Voto Nacional O'Higgins consiguió que el esperado templo pudiera inaugurarse el 24 de octubre de 1974 con otra gran Peregrinación Nacional -cierre del Año Santo convocado para promover la reconciliación entre los chilenos- invocando a la Virgen del Carmen como protectora nacional luego de la ruptura total de 1973.

Para ese acto, se acordó que cada Diócesis de Chile aportara un cubo tallado en madera de 50 x 50 centímetros cada uno y con imágenes alusivas al lugar de su procedencia. Hay algunos con labrado artístico, pinturas o esmaltes, otros con aplicaciones de metal y cerámica. Los 25 cubos fueron dispuestos formando la gran “Cruz de Chile” que se encuentra hoy en el Templo Votivo de Maipú, en cuyo armado, montaje y pintado colaboró el destacado pintor Claudio Di Girolamo, entre otros artistas.

El color azul base, tomado del turquí de nuestra bandera, es interpretado como representación del anhelo del Cielo. Se le colocó originalmente una franja roja tejida por las mujeres de cada diócesis y, aunque también es del color de nuestra bandera, representa la Sangre de Cristo y el sacrificio. La estrella de madera de olivo fue encargada a artesanos de Belén. Aunque hubo intenciones de pintarla blanca, se decidió mantener la nobleza de su madera y sus vetas a la vista. Como en el símbolo original de la bandera jurada en 1818, esta estrella representa la Virgen del Carmen, Madre de Chile y protectora de sus Fuerzas Armadas. Refiriéndose a este signo, el P. Joaquín Alliende L., primer rector del santuario de Maipú, dice: "Cuando Chile tiene forma de Cristo, tuya es la patria. En las islas chilotas, en los valles del norte, en sindicatos y barrios santiaguinos, en todas partes: la Cruz de Maipú, la Cruz de Chile. Es un tricolor hecho a imagen y semejanza de Jesús. Un desafío y una tarea."

Cabe señalar que, esta gran Cruz de Chile tenía en principio sus brazos más largos que la actual, algo que se puede advertir en las fotografías de la época. Con el tiempo se quiso acentuar la verticalidad, reubicando algunos cubos en la base y aumentó su altura hasta poco más de 10 metros, contando el plinto.


UN SÍMBOLO OFICIAL

La Cruz de Chile se integró de inmediato a la heráldica nacional. La visita de san Juan Pablo II en 1987, expandió más aún su popularidad, aunque tal vez pocos conozcan su origen y significado. En estos tiempos de Misión Territorial, volvemos a contemplar la bandera de la patria y la cruz de Jesús Resucitado con la estrella inspiradora de María que se funden en un solo símbolo y consigna para plantar “el Evangelio en el corazón de Magallanes”.







domingo, 9 de julio de 2017

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO


NO BASTA
Reflexión inspirada en el evangelio según san Mateo 11, 25-30

Yo os aliviaré.

Hay cansancios típicos en la sociedad actual que no se curan con las vacaciones. No desaparecen por el mero hecho de irnos a descansar unos días. La razón es sencilla. Las vacaciones pueden ayudar a rehacemos un poco, pero no pueden darnos el descanso interior, la paz del corazón y la tranquilidad de espíritu que necesitamos.

Hay un primer cansancio que proviene de un activismo agotador. No respetamos los ritmos naturales de la vida. Hacemos cada vez más cosas en menos tiempo. De un día queremos sacar dos. Vivimos acelerados, en desgaste permanente, deshaciéndonos cada día un poco más. Ya llegarán las vacaciones para «cargar pilas».

Es un error. Las vacaciones no sirven para resolver este cansancio. No basta «desconectar» de todo. A la vuelta de vacaciones todo seguirá igual. Lo que necesitamos es no acelerar más nuestra vida, imponernos un ritmo más humano, dejar de hacer algunas cosas, vivir más despacio y de manera más descansada.

Hay otro tipo de cansancio que nace de la saturación. Vivimos un exceso de actividades, relaciones, citas, encuentros, comidas. Por otra parte, el contestador automático, el móvil, el ordenador, el correo electrónico facilitan nuestro trabajo, pero introducen en nuestra vida una saturación. Estamos en todas partes, siempre localizables, siempre «conectados». Ya llegarán las vacaciones para «desaparecer» y «perdernos».

Es un error. Lo que necesitamos es aprender a «ordenar» nuestra vida: elegir lo importante, relativizar lo accidental, dedicar más tiempo a lo que nos da paz interior y sosiego.


Hay también un cansancio difuso, difícil de precisar. Vivimos cansados de nosotros mismos, hartos de nuestra mediocridad, sin encontrar lo que desde el fondo anhela nuestro corazón. ¿Cómo nos van a curar unas vacaciones? No es superfluo escuchar las palabras de Jesús: «Venid aquí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré». Hay una paz y un descanso que sólo se puede encontrar en el misterio de Dios acogido en Jesús.

domingo, 2 de julio de 2017

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO


SIN AGUIJÓN


Reflexión inspirada en el evangelio según san Mateo 10,37-42

“Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”

Uno de los mayores riesgos del cristianismo actual es ir pasando poco a poco de la «religión de la Cruz» a una «religión del bienestar». Hace unos años tomé nota de unas palabras de Reinhoid Niebuhr, que me hicieron pensar mucho. Hablaba el teólogo norteamericano del peligro de una «religión sin agujón» que terminará predicando a «un Dios sin cólera que conduce a unos hombres sin pecado hacia un reino sin juicio por medio de un Cristo sin cruz». El peligro es real y lo hemos de evitar.

Insistir en el amor incondicional de un Dios Amigo no ha de significar nunca fabricarnos un Dios a nuestra conveniencia, el Dios permisivo que legitime una «religión burguesa» (J. B. Metz). Ser cristiano no es buscar el Dios que me conviene y me dice «sí» a todo, sino el Dios que, precisamente por ser Amigo, despierta mi responsabilidad y, más de una vez, me hace sufrir, gritar y callar.

Descubrir el evangelio como fuente de vida y estímulo de crecimiento sano no significa entender la fe cristiana como una «inmunización» frente al sufrimiento. El evangelio no es un complemento tranquilizante para una vida organizada al servicio de nuestros fantasmas de placer y bienestar. Cristo hace gozar y hace sufrir, consuela e inquieta, apoya y contradice. Sólo así es camino, verdad y vida.

Creer en un Dios Salvador que, ya desde ahora y sin esperar al más allá, busca liberamos de lo que nos hace daño, no ha de llevarnos a entender la fe cristiana como una religión de uso privado al servicio de los propios problemas y sufrimientos. El Dios de Jesucristo nos pone siempre mirando al que sufre. El evangelio no centra a la persona en su propio sufrimiento sino en el de los otros. Sólo así se vive la fe como experiencia de salvación.


En la fe como en el amor todo suele andar muy mezclado: la entrega confiada y el deseo de posesión, la generosidad y el egoísmo. Por eso, no hemos de borrar del evangelio esas palabras de Jesús que, por duras que parezcan, nos ponen ante la verdad de nuestra fe: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará».


domingo, 25 de junio de 2017

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO



SIN MIEDO

Reflexión inspirada en el evangelio según san Mateo 10,26-33

El recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su Pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores?

Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad, sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento, alguien lo rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?

La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengáis miedo». El miedo es malo. No ha de paralizar nunca a sus discípulos. No han de callarse. No han de cesar de propagar el mensaje de Jesús por ningún motivo.

Jesús les va a explicar cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día quedará patente: se conocerá el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.

Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte activa desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo os digo al oído, pregonadlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.

Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que os ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de su parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?

Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio?




domingo, 18 de junio de 2017

CORPUS CHRISTI





EXPERIENCIA DECISIVA

Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 6, 51-58

El que me come vivirá por mí.

Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, teólogos y liturgistas han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, para rendir homenajes o para conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas...

Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.

En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.

De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunimos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercamos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.

No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercamos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.


Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él.


domingo, 11 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE LA SSMA. TRINIDAD


LA INTIMIDAD DE DIOS
Reflexión  inspirada en el evangelio según san Juan 3, 16-18 
Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del P. Varillon: «Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo […] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».

La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.

Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. ¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia.

Pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.

Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.


Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.